En Navidades recibí una carta que, al sacarla del buzón, me sorprendió que la letra con la que estaba escrita la dirección, fuese igual a la mía. La abrí y leí después de unas horas y dice lo siguiente:

“Querido Juan,me alegro que hayas asistido al seminario. Fue un tiempo muy enriquecedor no sólo por el tema, sino también por haber conocido a otras personas.
El seminario fue “súper”. Allí aprendiste mucho y sin lugar a dudas, te va a servir en tu labor como líder de curso. Quizás vas a enfrentar situaciones complicadas pero, no te preocupes, tú, las vas a superar. Recuerda que para ello cuentas con la ayuda de Dios. Sin embargo, es necesario que trabajes en lo siguiente: acepta a los demás tal cual son y si deseas que cambien, muéstralo con tu propio ejemplo.”


Mientras la leía, me preguntaba quién pudo haberme escrito esto. Mi sorpresa fue grande cuando al final vi quien la firmaba. ¡Era yo mismo!
Me había olvidado que tiempo atrás en un seminario, “Como enfrentar situaciones complicadas con alumnos en sala de clases”, para maestros en una academia para adultos, se nos pidió que nos escribiésemos una carta a nosotros mismos. En ella debíamos expresar nuestro sentir respecto del seminario, como por ejemplo: nuestras expectativas, lo que aprendimos y finalmente la forma como aplicaríamos ese nuevo conocimiento.
La carta, en un sobre cerrado, se la entregamos al tutor del seminario pues él, nos las iba a enviar para Navidades.

Con esta curiosa anécdota que me sucedió, escribirme una carta y luego olvidarla, deseo que reflexiones y medites en lo que probablemente en algún momento de tu vida dijiste, contando a alguien de tu experiencia con Dios, o escribiéndolo en tu Diario de Vida:

“Seré fiel al Señor por el resto de mi vida. Nunca me olvidaré de él”.



Quizás, al igual que yo, ya hayas olvidado lo que dijiste o escribiste en algún momento del pasado y que, sin dudas, formaba parte de tus grandes anhelos: estudio, matrimonio, familia, ministerio.

Ha sido una linda experiencia (anécdota) que me recuerda otra carta que también fue escrita personalmente para mí. En ella, se me muestra quien soy yo realmente y lo que de mi se espera que sea. Es como un seminario lleno de enseñanzas y recomendaciones para enfrentar la vida y vivirla; sobre todo, en tiempos de crisis. Recibí esa carta aproximadamente en el año 1960, cuando tenía tan solo 10 años de edad. Por algunos años la leí constantemente. Luego, por un tiempo, no volví a leerla pues sus consejos me parecían anticuados. No valoré más sus sabios consejos y decidí vivir de acuerdo a mis propios razonamientos y principios. Hasta que un día, las circunstancias en las cuales me encontraba, me recordaron de aquella carta. Mis cargos de consciencia con respecto del remitente y al amor con el que me la había escrito, me privaba de volver a leerla. Por fin lo hice, y ahora doy gracias a Dios por ello.
Amigo, amiga; esa carta se llama BIBLIA, que también fue escrita personalmente para ti.

No hace un mes que recordamos el nacimiento de Jesucristo y el motivo por el cual él decidió venir a este mundo.
“Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño.
Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.
Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.” Lucas 2:8-11


Luego, al iniciar su Ministerio, Jesús dice de sí mismo:

“El Espíritu de Dios está sobre mí, porque me eligió y me envió para dar buenas noticias a los pobres, para anunciar libertad a los prisioneros, para devolverles la vista a los ciegos, para rescatar a los que son maltratados y para anunciar a todos que: “¡Este es el tiempo que Dios eligió para darnos salvación!” Lucas 4:18-19

Mi sincero deseo es, que la Navidad pasada también haya sido para ti un buen recordatorio y vuelvas a revalorar “La Buena Nueva”; anunciada por profetas y ángeles miles de años atrás y perpetuada en la Santa Palabra de Dios. Si por casualidad, la noche del 31 de Diciembre expresaste intenciones de cambios en tu vida en este año que recién comienza, con mayor razón rescata esa divina y bendita “carta” de tu armario o biblioteca, si es que ha dejado ser parte de tus prioridades, y vuelve a regocijarte en su lectura, consejos y amor.

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