Imaginemos que nos encontramos con una persona que no conocemos y nos pregunta: ¿Cuál es tu nombre? ¿Cuántos años tienes? ¿A qué te dedicas? Y .. ¿Quién eres? …
Podemos pensar que ya hemos respondido esta pregunta, pero quiénes somos es una pregunta que trasciende el nombre, la edad, el género o la nacionalidad.
¿Cuál es nuestra identidad?

Desde un punto de vista psicológico puede decirse que identidad personal es la que hace que uno sea “sí mismo” y no “otro”. Se trata pues, de un conjunto de rasgos personales que conforma la realidad de cada uno y se proyecta hacia el mundo externo permitiendo que los demás reconozcan a la persona desde su “mismidad”, esto es, en su forma de ser específica y particular.

La individualidad sólo es posible cuando se exterioriza la personalidad auténtica del ser humano, de manera tal que éste pueda reconocerse a sí mismo como parte de la humanidad en general y simultáneamente, como un ser único y diferente de los demás. Esto es pues, la identidad.

Algunos autores diferencian entre la identidad (en el sentido de identificación) que refieren a información cuantitativa y cualitativa que al ser observable y medible, puede asegurar que se trata de un individuo y no de otro, y la identificación personal que destaca los caracteres propios y distintivos que hacen que cada sujeto pueda diferenciarse de los demás, de esta manera, la identidad personal no se agota en la identificación.

¿Cuáles son los rasgos que nos definen? ¿Son, acaso, los rasgos con los que Dios nos ha definido?

“Así que, ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo” (Gálatas 4:7)

“Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder” (Mateo 5:14)

“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres” (Mateo 5:13)

Si no somos lo que debemos ser perdemos nuestra verdadera identidad.
Nadie nos conoce mejor que nuestro creador y él sabe con el propósito con el que hemos sido hechos. Dios nos hizo a su semejanza para ser la luz y la sal de este mundo. Cuando estábamos muertos nos rescató y nos dio la vida eterna. Nos hizo sus hijos para anunciar la buena noticia. ¿Somos acaso estas cosas? ¿Son estos los rasgos de nuestra identidad? ¿Nos reconocen como luz y saben que nuestras acciones hablan de nuestro Padre?
Busquemos llegar a ser lo que debemos ser. Lo busquemos cada día como buscamos los alimentos y el agua para vivir.

Y cuando nos pregunten quienes somos podamos decir: soy hijo del Dios viviente, heredero del Reino de los cielos, la luz que Dios puso en la tierra para alumbrar y la sal de este mundo. Que esta sea nuestra realidad. Amén.

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